sábado, 11 de marzo de 2017

A la espera de una quiebra financiera inevitable y peor que las tres ant...



En este episodio de Keiser Report, Max y Stacy hablan de eficientes robots que reemplazan a seres humanos en tareas administrativas, y se preguntan si, análogamente, no se podría cambiar el sistema estadounidense de seguros de salud por un más eficiente modelo de sanidad universal. En la segunda parte Max entrevista a Wolf Richter, de WolfStreet.com, sobre por qué con la presente ‘expansión de múltiplos’ cabe esperar en la era Trump una crisis financiera aún peor que las tres últimas.

El índice Dow Jones sigue marcando repuntes históricos, superando las ya de por sí inéditas subidas que venía experimentando. Lo paradójico es que las acciones de las empresas del Dow Jones están creciendo pese a que sus ingresos no han crecido en los últimos seis años. Algo similar refleja el índice bursátil de Standard & Poor's 500.

Max Keiser y Stacy Herbert han hablado con el economista Wolf Richter, que augura una quiebra financiera inminente y aún peor que las anteriores. Según el experto, los ingresos se han mantenido constantes mientras que el precio de las acciones ha aumentado casi el doble. Se trata de algo alarmante, pues ya hemos vivido algo parecido antes de las crisis de 1987, del 2000 y del 2008-2009.

A cada periodo de expansión le sigue otro de contracción. El periodo más extenso de expansión fue el que precedió a la crisis del año 2000, durante el cual los múltiplos aumentaron durante 40 meses seguidos. "En la actualidad, esta expansión dura ya 57 meses, es decir, bastante más que el récord histórico y recordemos que todos esos récords precedentes condujeron a crisis", advierte. "Con estos datos delante, lo lógico sería que el mercado se hubiese desplomado hace tiempo", insiste el experto. ¿Cómo es posible que aún no lo haya hecho? Hoy en día han cambiado muchos factores que regulan el mercado, pero lo que la historia nos garantiza es que este periodo de expansión no dura para siempre ya que, tarde o temprano, la economía se contraerá. "Simplemente, desconocemos cuando", resalta Wolf Richter.

Holanda (también) al borde del abismo

Por Juan Torres López

A primera vista, los datos macroeconómicos de Holanda son bastante positivos tras unos cuantos años de políticas de austeridad: el paro es del 5,4%, el déficit público del 1%, la deuda pública representa el 63% del PIB y la cuenta exterior registra casi un 10% de superávit. Aparentemente, todo un éxito.

Pero detrás de ellos hay un panorama muy negro que ha producido cambios políticos y auténticos demonios que están a punto de salir plenamente a la luz en las elecciones generales del próximo 15 de marzo. Así lo advierte el profesor de economía e investigador holandés Servaas Storm, en un artículo en el que se pregunta si Holanda será la próxima pieza del dominó europeo que caerá (Will the Netherlands be the next domino to fall?).

Storm señala que, detrás de esos grandes números, hay otros que reflejan lo que de verdad va a marcar el futuro de ese país. Según ha señalado el propio banco central holandés, si a la tasa de paro oficial se le suman los trabajadores desanimados que ya no buscan trabajo y los que trabajan a tiempo parcial contra su voluntad, porque quisieran trabajar más horas, el paro sería tres veces mayor que el oficial, el 16%. E indica Storm que el porcentaje de empleos seguros ha caído del 56,8% en 2008 al 30,5% en 2015 y que el empleo temporal ya supera el 20% del total.

¿Qué ha pasado en Holanda en realidad?

En ese país gobierna una especie de gran coalición entre el centro derecha y la antigua socialdemocracia que viene aplicando las políticas de austeridad europeas. Dejándose llevar por la locomotora alemana y gracias a la política monetaria del Banco Central Europeo, la economía alemana ha salido adelante con un notable superávit. La austeridad ha aumentado el beneficio de las grandes empresas y la actividad económica pero a costa de deteriorar el mercado y las condiciones laborales, como acabo de señalar, y de reducir enormemente el gasto social en educación, salud, viviendas sociales, I+D, atención a personas mayores e infancia, protección ambiental…. La consecuencia, en paralelo con el aumento del beneficio empresarial, ha sido la caída en el ingreso de las clases medias y bajas, la pérdida de derechos y prestaciones sociales, un gran descontento ciudadano que incluso se manifiesta en el gran incremento de las enfermedades mentales y en consumo de antidepresivos, e incluso en el riesgo de que la economía se deteriore pronto por la debilidad del mercado interno. Tanto es así, que hasta el banco central holandés está reclamando que suban los salarios (como dice, Storm, debe ser el único banco central en el mundo que pide eso hoy día).

En las encuestas que se vienen realizando la izquierda más alternativa (el Partido Socialista y el Partido Verde) sube un poco (especialmente el segundo) pero no lo suficiente, mientras que el centro-izquierda se derrumba por el hundimiento de la socialdemocracia después de haberse convertido en ejecutora de las políticas de recortes que han generado el gran descontento de las clases medias y trabajadoras. Solo la extrema derecha avanza y será el neofascista Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV), quien con toda probabilidad va a ganar las próximas elecciones.

Así lo vaticina Servaas Storm, aunque éste cree que será prácticamente imposible que pueda gobernar y que, por tanto, lo más seguro es que se produzca una situación que cueste mucho tiempo resolver (quizá como ocurrió en España). Pero al final, dice Storm, la coalición hasta ahora gobernante seguirá siendo el pivote de la política holandesa y se seguirá aplicando nuevas medidas de austeridad que irán aumentando el descontento y el apoyo de cada vez más población a la extrema derecha. Y lo que es más relevante: las ideas xenófobas de Wilders, sus propuestas no solo contra el euro sino contra Bruselas y el Banco Central Europeo, es decir, contra la propia Unión Europea, a medio plazo se irán extendiendo y acomodándose en la agenda holandesa y europea y, de manera inmediata, su victoria dará alas a los partidos neofascistas que defienden lo mismo en Francia e Italia.

Las políticas de austeridad ya trajeron el nazismo y las calamidades que vinieron tras él a la Europa de los años treinta del siglo pasado. Y ahora la codicia de las oligarquías europeas, la incompetencia y la ceguera ideológica de nuestros gobernantes y, lo que es peor, su complicidad con los grandes grupos de poder, nos están poniendo, a todos y no solo a Holanda, al borde del mismo abismo.

Las izquierdas, mientras tanto, se miran el ombligo y discuten entre ellas si se trata de galgos o podencos.

Una reforma sanitaria tan mala que impresiona

El armatoste que ha presentado Paul Ryan solo se entiende desde la descomposición intelectual de los republicanos


Para cualquiera que esté al tanto de la política sanitaria estadounidense, hace mucho que resultaba evidente que los republicanos nunca idearían un sustituto viable para la reforma del sector de 2010 (Ley de Asistencia Sanitaria Asequible u Obamacare). Pero el proyecto de ley revelado esta semana es peor de lo que los cínicos esperaban; su grado de atrocidad resulta casi surrealista. Y el proceso por el que se ha materializado nos dice mucho de la situación del Partido Republicano.

Teniendo en cuenta la retórica que los republicanos han empleado estos últimos siete años para atacar la reforma sanitaria, podríamos haber supuesto que prescindirían de toda la estructura de la LASA; que liberalizarían, eliminarían las subvenciones y dejarían que el libre mercado obrase su magia. Esto habría resultado devastador para los 20 millones de estadounidenses que han conseguido cobertura sanitaria gracias a la ley, pero al menos habría sido coherente desde un punto de vista ideológico.

Sin embargo, los dirigentes republicanos no estaban dispuestos a hacer de tripas corazón. Lo que nos han presentado, en cambio, es un batiburrillo al que los conservadores, con cierta razón, se refieren como Obamacare 2.0. Pero sería mejor llamarlo Obamacare 0.5, porque es un plan a medio hacer que acepta la lógica y las líneas generales de la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, a la vez que debilita catastróficamente sus disposiciones fundamentales. Si se aprueba, el proyecto de ley conducirá, casi con seguridad, a una mortífera espiral de primas por las nubes y coberturas desmoronadas. Lo que lleva a preguntarse qué sentido tiene.

Obamacare se sustenta sobre tres pilares principales. Las aseguradoras están controladas, y se les impide que nieguen la cobertura o cobren precios más altos a los estadounidenses que ya están enfermos. Las familias reciben subvenciones vinculadas tanto a la renta como a las primas, para ayudarlas a contratar un seguro. Y existe una penalización para quienes no lo contraten, con el fin de empujar a la gente a hacerlo aunque esté sana.

El Trumpcare —la Casa Blanca insiste en que no la llamemos así, lo que significa que debemos hacerlo— conserva algo de esos tres elementos, pero en una forma drásticamente debilitada, lo que probablemente resulte desastroso.

A las aseguradoras se les sigue prohibiendo que excluyan a las personas enfermas, pero se les permite que cobren a los estadounidenses más mayores —que son los que más necesitan un seguro— primas mucho más altas.

Las subvenciones siguen ahí, en forma de desgravaciones fiscales, pero ya no están vinculadas a la renta (siempre que esta sea inferior a 75.000 dólares) ni al precio del seguro.

Y el impuesto para los que no contraten un seguro se convierte en un pequeño recargo —pagado a las aseguradoras, no a la Administración— para aquellos que lo contraten tras haber dejado caducar el suyo.

Los jóvenes adinerados podrían acabar ahorrándose algún dinero gracias a estos cambios. Pero las consecuencias para los más mayores y menos ricos serán devastadoras. La Asociación Estadounidense de Jubilados (AARP, en sus siglas en inglés) ha hecho los cálculos: una persona de 55 años que gane 25.000 dólares al año acabará pagando 3.600 dólares más cada año por el seguro; esa cifra sube hasta los 8.400 dólares para una persona de 64 años que gane 15.000 dólares al año. Y eso, antes de la espiral mortífera.

Porque la combinación de repunte de precios y penalizaciones reducidas llevaría a muchos estadounidenses sanos a prescindir del seguro. Ello incrementaría el riesgo conjunto de la población, lo cual dispararía las primas (y, recuerden, las subvenciones ya no se adaptarían para compensar esa subida). La consecuencia sería que aún más gente abandonase el sistema. Los republicanos se han hartado de decir que Obamacare se hunde, lo que no es cierto. Pero, si Trumpcare se pusiese en práctica, se hundiría en un minuto de los de Mar-a-Lago.

¿Cómo es posible que los republicanos de la Cámara, encabezados por Paul Ryan, quien según siguen asegurándonos los medios, es un hombre inteligente y un auténtico cerebro de la política, hayan pergeñado tal monstruosidad? Por dos motivos.

Primero, que la capacidad de análisis y elaboración de políticas de los republicanos se ha reducido hasta volverse insignificante. Sí que hay conservadores expertos en política, pero el partido no los quiere, quizás porque su propia aptitud los vuelve poco fiables desde un punto de vista ideológico (una hipótesis de la que dan cuenta las prisas por aprobar este proyecto de ley antes de que la imparcial Oficina Presupuestaria del Congreso pueda calcular sus costes o sus efectos). Resumiendo, los hechos y los análisis serios son los enemigos de la derecha moderna; la política queda en manos de chapuceros que no son capaces ni de entender las ideas más simples.

En segundo lugar, a los republicanos parecen haberles traicionado sus impulsos de Robin Hood al revés. No se puede lograr que algo como Obamacare funcione sin ayudar a las familias de clase baja lo suficiente para que los seguros les resulten asequibles. Pero el Partido Republicano moderno siempre quiere proporcionar comodidad a los acomodados y afligir a los afligidos; así que el proyecto de ley acaba suprimiendo los impuestos que pagan los ricos y que sirven para financiar las subvenciones, y aleja las subvenciones en sí de aquellos que las necesitan para redirigirlas hacia los que no.

Ante este plan sanitario que parece un chiste malo, uno podría preguntarse qué fue de todas aquellas proclamas sobre que Obamacare era un sistema terrible e inservible que los republicanos sustituirían de inmediato por algo mucho mejor (por no mencionar las promesas de Donald Trump de un "seguro para todos" y una "sanidad excelente").

Pero la respuesta, por supuesto, es que todos mentían, todo el tiempo, y lo siguen haciendo. En esto, al menos, la unidad republicana sigue admirablemente intacta.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.

© The New York Times Company, 2017.

Traducción de News Clips.

El puzle de la felicidad y el sentido de la vida

La felicidad y la percepción de que la vida tiene un sentido son dos experiencias que, aun siendo diferentes, tienden a ir de la mano. Algunas investigaciones recientes han tratado de identificar empíricamente los rasgos que caracterizan a cada una de ellas, y también, han tratado de responder a una cuestión: ¿qué ocurre cuando las piezas no encajan y se produce una disonancia entre los niveles de felicidad y significado experimentados en la vida?

Happiness is like a butterfly, the more you chase it, the more it will evade you, but if you notice the other things around you, it will gently come and sit on your shoulder.

Henry David Thoreau


Cuando Bertrand Russell publicó su célebre obra La Conquista de la Felicidad, Wittgenstein afirmó de ella que era "vomitiva". Posiblemente, ambos estaban jugando a juegos distintos. Como el propio Russell afirmó, el propósito de sus recetas era "sugerir una cura para la infelicidad cotidiana normal que padecen casi todas las personas", una suerte de consuelo emocional que aumentase nuestra satisfacción con la vida y con cuanto va implícito en ella. Wittgenstein, alternativamente, fue toda su vida —y toda su obra— un buscador del sentido, aunque ello implicase en no pocas ocasiones el sacrificio personal, arriesgar la propia vida o alejarse de las convenciones sociales. No olvidemos que el filósofo vienés, entre otras cosas, renunció a la inmensa fortuna de su familia, fue voluntario y prisionero en la Primera Guerra Mundial, o abandonó su puesto en Cambridge para dedicarse a la enseñanza en una remota escuela rural austriaca. Y todo ello, para ser coherente con su abrumador descubrimiento de que las respuestas a las grandes preguntas de la vida no pueden "decirse" y conocerse racionalmente, sino tan sólo "mostrarse".



Felicidad y sentido en muchas ocasiones van de la mano

¿Una vida feliz no es una vida con sentido? ¿Y una vida con significado no es una vida feliz? Lo cierto es que la respuesta a ambas preguntas, como parecen sugerir estudios recientes, es: "no necesariamente". Pero antes, hay que precisar que la idea de felicidad con la que suelen trabajar los psicólogos tiene ciertas connotaciones hedonistas. En ella se equipara felicidad y satisfacción, o la felicidad se entiende en general como un estado emocional positivo. En cuanto al sentido de la vida, quizá tenga que ver más bien con el concepto aristotélico de eudaimonia, cuya traducción se acerca a la de "plenitud vital". Aun así, definir "el sentido de la vida" (o sus múltiples sentidos) es complicado y, de hecho, en ocasiones en la investigación se obvia este problema y los psicólogos "simplemente" nos centramos en analizar las experiencias subjetivas que hacen que la vida tenga sentido, sea esto lo que sea. En definitiva, nos resulta más fácil experimentar que nuestra vida tiene sentido (o que no lo tiene) que "decir" qué es eso del significado de la vida.

En un estudio que ha tenido gran repercusión, el psicólogo social Roy Baumeister y sus colaboradores han señalado que la felicidad y la percepción de que la vida tiene un significado se solapan frecuentemente (1). En su investigación, casi la mitad de la variación en las puntuaciones en felicidad se explicaba por el grado de significado reportado por los participantes, y viceversa. Pero una vida satisfactoria y placentera —feliz en un sentido hedonista— puede coincidir o no con el hecho de sentir que uno tiene una vida plena, con significado, "eudaimónica". De hecho, siguiendo a Veronika Huta, de la Universidad de Ottawa, podemos cruzar ambas dimensiones (sentido y felicidad) y pensar que existen personas que experimentan felicidad y sentido en sus vidas —¡los más afortunados!—, una de las dos cosas (felicidad o sentido) o ninguna de ellas —obviamente, la peor de las situaciones— (2). En sus investigaciones, encontró que las cuatro categorías se daban en las siguientes proporciones (3):


Paul Wong ha llevado a cabo una clasificación próxima a la anterior, aunque en lugar de felicidad propiamente dicha, habla del grado de éxito que la persona cree que tiene en la vida (4). Sus cuatro categorías se muestran en la siguiente figura:



¿Qué diferencias existen entre las experiencias de sentido y de felicidad?

Las actividades que nos hacen felices, que son de tipo hedonista por lo general, no son necesariamente las mismas que las actividades que nos aportan sentido, que suelen tener un carácter altruista u orientarse al crecimiento y la expresión personal (2). Mientras que la felicidad deriva del estado de "sentirse bien", experimentar una vida con sentido tiene que ver con salir de uno mismo y orientarse a un proyecto más grande, con la sensación de que estamos contribuyendo a los demás o a la sociedad de alguna manera. Quizá la diferenciación más detallada entre ambos constructos es la que nos proporciona el anteriormente mencionado estudio de Roy Baumeister, donde se analiza cómo la felicidad y el significado se relacionan de forma distinta con otras variables (1). Se identifican así cinco grandes diferencias entre felicidad y experiencia de sentido en la vida (1, 5, 6): 

  1. La satisfacción de los deseos, la capacidad para obtener aquello que uno quiere y cubrir sus necesidades, y la experiencia de sentirse bien habitualmente, son centrales para la felicidad; pero estas cosas tienen poco que ver con el significado de la vida. La ocurrencia de cosas buenas se asocia tanto a la felicidad como al significado. ¿Y los acontecimientos negativos? Pues bien, los eventos estresantes o problemáticos pueden disminuir la felicidad y, sin embargo, a la vez pueden aumentar la experiencia de significado en la vida. Por ejemplo, gozar de una buena salud es importante para sentirse feliz, pero es indiferente a la hora de sentir que nuestra vida tiene sentido. De hecho, muchas personas que atraviesan una enfermedad manifiestan que sus vidas son plenamente significativas, a pesar del malestar que pueden estar experimentando. 
  2. La felicidad tiene que ver con el presente y con centrarse en el aquí y ahora; el significado tiene que ver más bien con el enlace entre pasado, presente y futuro dentro de una historia coherente. Subjetivamente, además, la felicidad se percibe como fugaz, mientras que el significado se entiende como algo más permanente y duradero. 
  3. La conexión con otros y la vida social son importantes tanto para felicidad como para la experiencia de significado, aunque de forma diferente. La felicidad tiene que ver en general con los beneficios que uno recibe de otros, mientras que la experiencia de significado implica la dirección contraria: deriva de lo que uno mismo puede aportar a los demás. Baumeister y sus colaboradores diferencian entre personas givers (que contribuyen y "dan" a los demán) y takers (que "toman" de los demás). Mientras que los primeros tienden a experimentar significado en la vida, la orientación de los segundos parece más relacionada con la felicidad. Por otra parte, la profundidad de las relaciones sociales también es algo a tener en cuenta. Los lazos menos profundos parecen tener que ver con la felicidad; mientras que los profundos, aquellos que uno construye a lo largo del tiempo y que muchas veces implican sacrificios, nos aportarían significado. 
  4. En gran medida, la experiencia de significado deriva de la implicación de uno en cosas que considera importantes, en algo más allá de la búsqueda de una satisfacción personal. En ocasiones, tal implicación en "grandes" proyectos, en seguir una vocación, o perseguir un objetivo que se considera importante, se hace incluso en detrimento de la propia felicidad. Por ejemplo, en profesiones de las consideradas "vocacionales" (como la atención a personas en situación de necesidad, la enseñanza, etc.) el riesgo de sufrir burnout es elevado, y sin embargo, la percepción de que se está realizando una labor significativa también lo es. 
  5. El significado se asocia a hacer cosas que sirven como expresión de uno mismo, de nuestra identidad y de lo que somos, o que contribuyen a la realización personal. Sin embargo, estas actividades de "autoexpresión" suelen ser irrelevantes para la felicidad u ocasionalmente ir en detrimento de ella. Parece, de nuevo, que encontramos significado cuando persistimos en aquello que consideramos central en nuestras vidas, aunque no necesariamente la felicidad vaya a acompañarnos en el camino. 
¿Qué consecuencias tiene experimentar sentido, felicidad, o ambos?

Otra cuestión interesante es qué consecuencias puede tener el hecho experimentar sentido, felicidad, o ambos en la vida, dado que se trata de aspectos diferentes que pueden ir en consonancia o no. En relación a ello, la psicóloga Emily Esfahani Smith ha señalado que, aunque realizar actividades hedónicas a corto plazo puede mejorar el ánimo, a largo plazo la experiencia de sentido es más satisfactoria (7). También Roy Baumeister ha sugerido que la búsqueda de un sentido en la vida, no es en el fondo sino un intento de prolongar la felicidad (5). La felicidad, como se ha visto, puede ser fugaz; pero tener una narrativa sobre el sentido que damos a nuestra vida —al implicar una integración de pasado, presente y futuro— puede dotar de mayor estabilidad a la reconfortante experiencia de percibir el mundo como un lugar comprensible, menos incierto y, en alguna medida, controlable.

Para Esfahani Smith, el problema sin embargo no es la cantidad de "felicidad hedónica" que se tiene, sino el hecho de que no esté en correspondencia con la cantidad de "bienestar eudaimónico" que se experimenta (7). Tal situación de disonancia podría tener incluso resonancias biológicas, especialmente en el grupo de personas que se manifiestan felices pero que no perciben significado en sus vidas. En concreto, esta autora se hace eco de una investigación en la que se halló que la gente feliz, pero con poco o ningún significado vital, presentaban patrones de expresión genética similares a los de la gente que se enfrenta a una situación de adversidad crónica. Sus cuerpos reaccionan como si se prepararan para amenazas bacterianas, activando una respuesta proinflamatoria; y esto podría ser un factor de riesgo, dado que la inflamación crónica se ha visto que puede estar asociada a una mayor predisposición a padecer ciertas enfermedades graves. Contrariamente, la experiencia de sentido se asociaría a una desactivación de dicha respuesta de estrés ante la adversidad (8, 9). No obstante, estos resultados —por sugerentes que sean— han de tomarse aún con cautela, ya que la hipótesis de la respuesta biológica diferencial ante el bienestar hedónico y eudaimónico ha sido cuestionada recientemente (10, 11).

Felicidad y sentido son dos piezas del puzle de la vida. Como se ha visto, no se trata ni mucho menos de experiencias incompatibles, aunque en ocasiones es difícil hacer que ambas vayan al unísono. Si hay que elegir, parece que en general es mejor buscar un significado en la vida que buscar el bienestar hedónico. De hecho, la presión existente hoy en día por lograr la felicidad puede ser contraproducente a la hora de alcanzarla o, paradójicamente, conducir a estados emocionales negativos (12). Cuando Wittgenstein, el buscador del sentido despreocupado por su propia felicidad, pronunció sus últimas palabras en el lecho de muerte, éstas fueron: "Dígale a mis amigos que he tenido una vida maravillosa y que he sido feliz". Russell, el buscador de una felicidad basada en el "sentido común", escribió en su testamento: "Hay un artista encarcelado en cada uno de nosotros. Dejémoslo libre y que extienda la felicidad por todas partes". Ambos filósofos, a su manera, lograron resolver el puzle.

Referencias: 

Baumeister, R. F., Vohs, K. D., Aaker, J. L., & Garbinsky, E. N. (2013). Some key differences between a happy life and a meaningful life. The Journal of Positive Psychology, 8(6), 505-516. 
Huta, V., & Ryan, R. M. (2010). Pursuing pleasure or virtue: The differential and overlapping well-being benefits of hedonic and eudaimonic motives. Journal of Happiness Studies, 11(6), 735-762. 
Esfahani Smith, E. (2017). The Power of Meaning. Random House. 
Wong, P.T.P. (2012). The meaning mindset: measurement and implications. International Journal of Existential Psychology and Psychotherapy, 4 (1), 1-2. 
Baumeister, R.F. (2013). The meanings of life. Aeon Essays, 16.10.2013 Recuperado de https://aeon.co/essays/what-is-better-a-happy-life-or-a-meaningful-one
Grewal, D. (2014). A happy life may not be a meaningful life. Scientific American, 18.02.2014. Recuperado de: https://www.scientificamerican.com/article/a-happy-life-may-not-be-a-meaningful-life/
Esfahani Smith, E. (2013). Meaning is healthier than happiness. The Atlantic, 1.08.2013. Recuperado de: https://www.theatlantic.com/health/archive/2013/08/meaning-is-healthier-than-happiness/278250/ 
Fredrickson, B. L., Grewen, K. M., Coffey, K. A., Algoe, S. B., Firestine, A. M., Arevalo, J. M., ... & Cole, S. W. (2013). A functional genomic perspective on human well-being. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(33), 13684-13689. 
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Walker, J. A. (2016). The opposing effects of hedonic and eudaimonic happiness on gene expression is correlated noise. bioRxiv, 044917. 
Brown, N. J., MacDonald, D. A., Samanta, M. P., Friedman, H. L., & Coyne, J. C. (2016). More questions than answers: continued critical reanalysis of Fredrickson et al.’s studies of genomics and well-being. PloS one, 11(6), e0156415. 
Mauss, I., Savino, N., Anderson, C., Weisbuch, M., Tamir, M., & Laudenslager, M. (2012). The pursuit of happiness can be lonely. Emotion, 12 (5), 908-912. 


Fotografías: Love and Happiness, by Ann Gordon. Wikimedia Commons | Helping the Homeless, by Ed Yourdon. Wikimedia Commons.