lunes, 6 de marzo de 2017

Otra visión del crecimiento de la productividad

J. Bradford DeLong is Professor of Economics at the University of California at Berkeley and a research associate at the National Bureau of Economic Research. He was Deputy Assistant US Treasury Secretary during the Clinton Administration, where he was heavily involved in budget and trade negotiations. His role in designing the bailout of Mexico during the 1994 peso crisis placed him at the forefront of Latin America’s transformation into a region of open economies, and cemented his stature as a leading voice in economic-policy debates.

BERKELEY – Hoy la población mundial es, en promedio, unas 20 veces más rica que durante la larga Era Agraria. Entre el 7000 a. C. y el 1500 d. C., los recursos fueron escasos, el progreso tecnológico lento, y las presiones malthusianas mantuvieron casi todas las poblaciones humanas en un nivel cercano al de subsistencia, con un ingreso diario per cápita inferior a 1,50 dólares (a valores actuales).

En 2017, sólo un 7% de la población mundial es así de pobre. Supongamos que tomáramos el valor monetario total de lo que producimos en la actualidad y lo usáramos para comprar los tipos de bienes y servicios que consumen las personas que viven con 1,50 dólares al día. El valor diario promedio de la producción mundial sería 30 dólares por persona (a precios actuales).

A eso equivale la renta mundial anual de la actualidad, que asciende a unos 80 billones de dólares. Es verdad que el reparto de los frutos de la productividad mundial es sumamente desigual, pero el nivel general de riqueza de nuestra sociedad dejaría boquiabiertos a nuestros antecesores de la Era Agraria.

Además, no producimos y consumimos las mismas cosas que nuestros apenas sobrevivientes ancestros. En 2017, una dieta básica de 40 kilocalorías de cereales al día se consideraría insuficiente. Y en la Era Agraria, bienes y servicios análogos a los que consumimos hoy hubieran sido absurdamente caros o directamente impensables. Tiberio Claudio Nerón, que vivió en el siglo I a. C., no podría haber comido frutillas con crema, porque a nadie se le ocurrió combinar esos dos ingredientes hasta que los cocineros del cardenal Thomas Wolsey de la corte de los Tudor los sirvieron juntos en el siglo XVI.

En 1606, sólo una persona podía estremecerse viendo un drama sobre brujas sin salir de casa: Jacobo Estuardo, rey de Inglaterra y Escocia, que tenía a William Shakespeare y a su compañía de teatro, los Hombres del Rey, contratados a su servicio. Hoy más de cuatro mil millones de personas provistas de teléfonos inteligentes, tabletas y televisores pueden disfrutar una forma de entretenimiento on demand otrora exclusiva de monarcas absolutos.

Otro ejemplo: el hombre más rico de principios del siglo XIX, Nathan Mayer Rothschild, murió sin haber cumplido sesenta años, por la infección de un absceso. Si le hubieran dado la opción de entregar toda su fortuna a cambio de una dosis de antibióticos modernos, es probable que lo hubiera hecho.

Así que decir que una persona típica de hoy es 20 veces más rica que su predecesor de la Era Agraria es inexacto, porque hoy los consumidores tienen muchos más bienes y servicios para elegir. No sólo hay abundancia, sino también una variedad nunca antes vista de opciones, lo cual da al nivel de riqueza general un aumento considerable.

¿Pero cuál es la magnitud de ese aumento?

Profesionales estadísticos de la Oficina de Análisis Económico del Departamento de Comercio de los Estados Unidos y de organismos similares en otros países han tratado de medir la relación entre el aumento de “variedad” y la productividad. Según estimaciones típicas, la productividad de la mano de obra en la región del Atlántico Norte creció a un ritmo anual medio del 1% entre 1800 y 1870, 2% entre 1870 y 1970, y 1,5% desde entonces (con una posible desaceleración durante la última década). Pero estas cifras reflejan más que nada el avance en la producción de artículos de primera necesidad para la población pobre del mundo, y dejan fuera la mejora en la calidad de vida obtenida gracias al aumento de productividad.

Gran parte de esa mejora se la debemos a innovaciones que transformaron radicalmente la civilización, por ejemplo, el inodoro, los automóviles, la energía eléctrica, las comunicaciones a larga distancia, la informática, etcétera.

Repito: hubiera sido ridículamente caro (o simplemente imposible) acceder a bienes y servicios similares en períodos históricos anteriores. En el Imperio Romano tardío, sólo un aristócrata rico podía comprar un nomenclator: un esclavo encargado de memorizar nombres y caras para recordárselos cuando las ocasiones sociales lo exigieran. Hoy, el dueño de un teléfono inteligente básico está mejor servido que el aristócrata con más nomenclatores a su disposición.

En nuestro análisis del crecimiento del futuro y de las oportunidades que deparará a toda la humanidad, no debemos olvidar el camino recorrido. Yo he intentado medir la enorme magnitud del crecimiento económico en la región del Atlántico Norte en los últimos 200 años, sin conseguirlo, pero estoy casi seguro de que la producción aumentó en ese período unas 30 veces o más.

¿Cuánto más crecimiento podemos esperar, y qué significará para aquellos en quienes nos convertiremos? Si nos guiamos solamente por el pasado, no tenemos modo de saberlo: las frutillas con crema del futuro todavía no han sido inventadas.

Traducción: Esteban Flamini

El legado de Kenneth Arrow

Por Diego Castañeda - 20:02 - 23/02/2017

 
Kennet Arrow (Foto: Archivo)

El 21 de febrero falleció Kenneth Arrow uno de los más grandes economistas y científicos sociales de la segunda mitad del siglo XX. Su trabajo sirvió para inaugurar muchas áreas dentro de la economía y la ciencia política, entre ellas la elección social, el campo de la economía del bienestar y la economía de la información.

Para la mayoría de los economistas y politólogos el primer encuentro con el trabajo de Arrow es estudiando los sistemas de votación, los medios por los cuales las sociedades pueden agregar sus preferencias y elegir. En este terreno surgió el primer gran aporte de Arrow en su libro de 1951 Elección Social y Valores Individuales. Este trabajo marcó el origen de lo que habría de conocerse bajo el nombre de "teorema de imposibilidad de Arrow" y con él la idea de que no existe un sistema de votación perfecto.

Sólo existen sistemas imperfectos y por tanto con esa idea nació el estudio de los sistemas de votación en búsqueda del menos fallido. Si bien estas ideas pueden trazarse desde los tiempos de Condorcet en el siglo XVIII, fue Arrow el que logro traducir las intuiciones de esos tiempos en formalismos matemáticos que pudieran ser estudiados de forma generalizada.

El otro gran punto donde los economistas de todo el mundo encuentran con su trabajo es en el campo de la economía del bienestar y más precisamente con lo que se conoce como el primer y segundo teorema fundamental del bienestar, también llamados "los teoremas de la mano invisible".

Estos postulados lograron por primera vez formalizar la idea de Adam Smith de una economía que funciona mejor sin un planificador central. La demostración de los teoremas del bienestar permitió que se formulara de forma plena la idea de un equilibrio general en la economía, es decir que se pudiera mapear las interacciones de todos los mercados existentes para analizar su comportamiento.

Los teoremas de bienestar sólo funcionan bajo condiciones muy específicas, la existencia de información perfecta, de mercados completos, la no existencia de externalidades, etc. En ese sentido, el aporte de Arrow no es el más aplicable al mundo real, sin embargo, sí es una pieza analítica importante para formular modelos que si bien simplifican demasiado la realidad, nos ayudan a entender en cierta medida la lógica de lo que sucede en el mercado.

Simplemente estos dos aportes hicieron de Kenneth Arrow más que merecedor del premio Nobel de economía que ganó en 1972. Su trabajo abrió tanto espacio de investigación que muchos de sus alumnos eventualmente ganaron también el premio Nobel, como Joseph Stiglitz, por citar quizá al más famoso de ellos. Su aporte en los campos de la economía de la salud y al debate de asuntos distributivos, sobre todo en lo relacionado a la desigualdad de oportunidades fue notable.

Dicho lo anterior, yo soy quizá un caso atípico en la forma en que llegué a conocer el trabajo de Arrow. Su trabajo llegó de forma inicial a través de la teoría del crecimiento económico. Arrow fue un entusiasta de la economía de la información, de cómo la difusión del conocimiento ocurría en la economía y sus efectos, en especial la innovación.

Arrow tuvo influencia a través de lo que se conoce como la teoría del crecimiento endógeno. La idea detrás de esta teoría del crecimiento económico es que el cambio tecnológico impacta el crecimiento al ser interiorizado por la economía. Al depender de la velocidad en la que se acumula capital humano y se mejora el progreso técnico. Las ideas de Arrow sobre la información influyeron de forma notable la formulación de la teoría del crecimiento endógeno y de la economía de la innovación.

Arrow fue el primero en reconocer que la información es un bien público, su difusión no causa rivalidad, ni exclusión. Su difusión por lo tanto enriquece a la sociedad y se vuelve una fuente de crecimiento económico. En el fondo Arrow fue un pionero de la idea que las ideas pueden producir crecimiento económico, que son un recurso inagotable para el mismo.

Entre las grandes luminarias intelectuales de la segunda mitad del siglo XX es difícil encontrar en las ciencias sociales y en especial en la economía alguien con más influencia en tantos campos, que ayudara a abrir otros tantos o revolucionara de diversas maneras a la disciplina. Quizá sólo Paul Samuelson, Nicholas Kaldor y Gary Becker entre los economistas pueden compartir tal lugar. Fernand Braudel, entre los historiadores y John Rawls en el campo de la filosofía política son algunos de los titanes de la época que pueden compararse en impacto e influencia.

Su trabajo sigue siendo relevante porque ayudó a producir las herramientas con las que la economía moderna se enseña y se practica a distintos niveles. Desde los bancos centrales o los ministerios de hacienda con los modelos de equilibrio general a la economía de la salud, en el estudio de la innovación y la difusión del conocimiento o en la forma en que elegimos a nuestros representantes. La muerte de Kenneth Arrow deja un gran hueco en la economía moderna pero también un gran legado con impacto profundo en el funcionamiento de la sociedad y su estudio.